De amigos y relojes

Se llamaba Ramón y poseía una tienda de antigüedades en la calle San Cayetano. Cuando era pequeño empecé a ir a su tienda a ver sellos, monedas y relojes. Yo a veces le compraba algo. Tenía una pequeña colección de sellos y monedas a bajo precio que él iba guardando para mí, y también de programas de cine antiguos. Lo que no podía comprar eran los relojes. En verano solía ir a menudo por las mañanas y le daba conversación. Siempre me lo encontraba mirando algún libro, probablemente antiguo, que podían ser Fábulas de La Fontaine, o catálogos de piezas antiguas o cualquier otra cosa. Un día me lo encontré leyendo un ejemplar de una revista de 1.933. En la portada ponía “Adolf Hitler, nuevo canciller de Alemania”.

Con los años fue Ramón quién acabó pidiéndome consejo, cuando le tocó la lotería. Era un hombre tranquilo al que el premio le había cogido por sorpresa. Había comprado un décimo completo para hacer un favor a un amigo que se veía en dificultades económicas y se encontró con una cantidad impensable de dinero. Ramón no tenía familia, vivía solo y únicamente poseía su tienda y sus pequeñas colecciones de objetos antiguos. No quería hacer ostentación del dinero porque le aterraba la idea de que los delincuentes le acecharan. Por aquel entonces yo trabajaba en un banco, y Ramón pensó que yo sabría qué hacer con el dinero. Lo cierto es que yo trabajaba con algoritmos y creaba productos financieros, no los vendía. Le acompañé a ver a un gestor de banca privada que repartió el premio de lotería entre varios fondos. A partir de entonces la vida fue plácida. Mi amigo, el anticuario, ya no necesitaba el dinero para vivir. Abría su tienda y recibía visitas. A veces vendía algo, si el cliente le caía bien.

Mientras tanto a mí me salió trabajo en la pérfida Albión. Era una gran oportunidad pero lo pensé bastante. No me gustaba la lluvia ni la comida inglesa. No conocía a nadie allí. Pero en Madrid no había posibilidades de progresar. Cuando me deprimía pensaba en meterme a taxista, o a cajero. No tenía sentido estar doce horas al día delante de un ordenador si apenas te iban a subir el sueldo, si tenías que dar las gracias por el simple hecho de tener un trabajo. Todo a cambio de nada. Al final decidí irme.

Antes pasé a despedirme de Ramón. Ese día me estuvo enseñando su colección más importante, la de relojes. Gracias a la lotería se había hecho con varios relojes de Losada. Me explicó que Losada era el relojero de la Puerta del Sol. Un ilustre liberal que había escapado de Fernando VII a Inglaterra. Había terminado siendo el relojero más famoso de Europa y hasta había reparado el Big Ben, ya que el anterior relojero había fallecido. “Tal vez a ti te pase como a él, y triunfes en Londres”, me dijo con afecto.

Cuando ya me iba a ir me dijo, “espera un momento”, y se metió dentro, en el pequeño almacén. Salió con un reloj de pulsera. Me dijo, “Para ti”.  Era un Longines de plata antiguo. “No, por favor, ¡un reloj no!, ¡es un regalo demasiado bueno!”, le dije, aunque me moría de ganas de quedármelo. “Con éste nunca vas a llegar tarde”. Fue su lacónica respuesta.

Pasaron los años en Londres. Estaba siempre demasiado ocupado para pensar si era feliz. Venía poco a España y me costaba sacar tiempo para visitar a Ramón. Repentinamente mi vida se había vuelto abrumadora, pesada, gris. Como suele decirse, perdimos el contacto.

Y así transcurrían los días hasta que llegó la pandemia.  Ese año yo ya llevaba diez viviendo en Londres y estaba atravesando un momento complicado. No sabía si quedarme definitivamente a vivir o regresar a casa. En diez años tiene que ocurrir algo. Había establecido vínculos pero no lo suficientemente fuertes. Me seguía sintiendo un extranjero. Pensé que tal vez yo era como Ramón y envejecería solo. No todo el mundo encuentra a alguien.

Logré regresar a España a pasar las navidades aunque ya estábamos inmersos en una nueva ola de la epidemia. Era inevitable ver los acontecimientos bajo otro prisma. Me entró nostalgia de Ramón, él ya era un paciente de riesgo, ¿estaría bien?

La mera idea de visitarle me llenó de energía, y al día siguiente de llegar a la casa materna, me fui hasta su tienda caminando con premura. Había algo de niebla y la humedad me golpeaba en la cara dotando de cierta melancolía mi decisión. Al llegar se me heló el corazón. La tienda no sólo estaba cerrada, estaba también vacía. Miré el interior pero no había nada. Una mujer que salía del portal de al lado me observó: “Lleva un tiempo cerrada”.

– ¿Sabe algo del dueño?, ¿un hombre que se llamaba Ramón? Vive en este edificio.

-Hace tiempo que no le veo.  Creo que ya no vive aquí.

Me empezaron a correr lágrimas por las mejillas.

¿Qué le había pasado a mi amigo?, ¿y si había muerto y yo ni siquiera lo sabía?, ¿cómo no me había enterado?, ¿qué le había pasado a la tienda?

Entré en el portal y miré los buzones. Segundo B, Ramón Martínez. Subí las escaleras y llamé al timbre. Tras una pausa que se me hizo eterna oí un carraspeo y una tos. Unos pasos pesados se oyeron detrás de la puerta.

-¿Quién es?

Tras secarme las lágrimas contesté: “Soy Sergio.”

Oí descorrer el candado y abrieron la puerta. Ramón me abrió visiblemente desmejorado. Ofrecía un aspecto frágil y enfermo. Se había quedado sin pelo. No podía ver su sonrisa por culpa de la mascarilla, pero sus ojos tenían la expresión bondadosa y risueña de siempre.

-¿Qué tal Sergio?, ¿cómo va el Longines?

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